¿Podemos hablar hoy de inclusión social sin incluir la dimensión digital? Esta fue la cuestión central que articuló la última sesión del Proyecto Juntos del Instituto de Formación Inclusiva i360 de Fundación Prodis
La mesa redonda reunió tres perspectivas complementarias —educativa, psicológica y comunicativa— para abordar un fenómeno complejo que ya forma parte estructural de nuestra vida cotidiana. Porque lo digital no es un añadido: es el entorno donde se gestiona el transporte, el empleo, la comunicación, el ocio y, cada vez más, la identidad.
En esta sesión participaron tres perfiles de Fundación Prodis: Silvia Rodríguez, como psicóloga general sanitaria, María D´Orey como responsable de I+D+i de la Fundación y coordinadora de Avanzas y Daniel Chaves como responsable de comunicación del Instituto.
Inclusión digital: mucho más que acceso
Desde la dimensión educativa se subrayó una idea clave: la inclusión digital no consiste únicamente en disponer de dispositivos o conexión a Internet. Implica tres elementos fundamentales: acceso, competencias y resultados. Es decir, no basta con poder entrar en una red social; es necesario comprenderla, utilizarla con seguridad y que su uso contribuya a mejorar la participación social, la autonomía o el bienestar.
Cuando existe formación explícita, apoyos personalizados y supervisión gradual, la tecnología puede convertirse en una herramienta poderosa de autodeterminación. Facilita la comunicación, el acceso al empleo, la gestión de trámites y la conexión con iguales. En definitiva, amplía oportunidades.
Pero este impacto positivo no se produce de forma automática. Depende del nivel de acompañamiento familiar y profesional, de la accesibilidad cognitiva de las aplicaciones y de que el uso tenga objetivos claros.
Los riesgos existen (y hay que nombrarlos)
La segunda mirada, desde el ámbito clínico, recordó que las redes sociales también presentan riesgos reales. La sobreexposición de datos personales, el ciberacoso, la suplantación de identidad o el acceso a contenidos inadecuados son situaciones que afectan especialmente a colectivos vulnerables.
Además, el uso intensivo de pantallas puede tener consecuencias en la regulación emocional, la calidad del sueño y la atención sostenida. La lógica de los vídeos breves, el scroll infinito y los algoritmos que refuerzan intereses previos pueden generar dependencia y dificultar la gestión del aburrimiento o la frustración.
En personas con discapacidad intelectual, estas dinámicas pueden verse amplificadas si no existe un acompañamiento adecuado. También se señaló la importancia de trabajar la autoestima digital: la comparación constante, el uso de filtros o la búsqueda de validación pueden influir en la construcción de la identidad.
La conclusión no fue alarmista, pero sí clara: ignorar los riesgos no los elimina. Nombrarlos permite intervenir.
Acompañar con herramientas concretas
Desde la perspectiva comunicativa se aportaron datos actuales sobre el uso masivo de internet y redes sociales en España, así como la irrupción creciente de la inteligencia artificial en la vida cotidiana. En este contexto, se presentaron herramientas prácticas para las familias: control parental, límites de tiempo de uso, supervisión de contenidos, configuración de privacidad y restricción de descargas o compras en aplicaciones.
El mensaje fue contundente: acompañar no es prohibir, pero tampoco es desentenderse. Implica interesarse por lo que consumen, conocer las plataformas que utilizan y establecer normas claras y coherentes.
Una oportunidad que exige responsabilidad compartida
La sesión concluyó con una idea transversal: la inclusión digital es parte inseparable de la inclusión social. Negarla supone generar exclusión estructural; permitirla sin apoyos, aumentar la vulnerabilidad.
El reto, por tanto, no es evitar la tecnología, sino aprender a integrarla con método.
En una sociedad donde lo digital ya no es opcional, el verdadero desafío no es decidir si estar o no estar en las redes, sino cómo hacerlo de forma consciente, crítica y acompañada.

