Introducción

El acoso escolar no es un fenómeno nuevo, pero su abordaje en relación con la discapacidad intelectual sigue siendo superficial o directamente ausente en muchos entornos educativos. Cuando un niño o niña con discapacidad intelectual es víctima de bullying, las consecuencias no se limitan al aula: se extienden al autoconcepto, al bienestar emocional, a la confianza interpersonal y, en última instancia, a su proyecto vital. Lejos de tratarse de casos aislados, el acoso a este colectivo se configura como una violencia estructural, invisibilizada, pero persistente. Este texto analiza sus formas, consecuencias y posibles vías de intervención, centrado en el contexto español y fundamentado en literatura científica reciente y contrastada. 

Mayor exposición, menor protección

La evidencia acumulada muestra que los niños y niñas con discapacidad intelectual tienen más probabilidades de sufrir acoso que el resto del alumnado. Esta mayor exposición responde a múltiples factores: diferencias en habilidades sociales, dificultades de comunicación, menor comprensión de normas implícitas del grupo y, sobre todo, el estigma. En una sociedad que sigue asociando discapacidad a carencia, los entornos escolares reproducen esquemas donde lo diverso es tolerado, pero raramente integrado. 

Un estudio cualitativo reciente desarrollado en España reveló que los estudiantes con discapacidad intelectual no solo identifican claramente situaciones de acoso, sino que pueden describir con precisión cómo estas afectan su día a día, sus relaciones y su autoestima (Llauradó & López Estévez, 2024). La investigación pone en evidencia que no es la falta de conciencia lo que impide su denuncia, sino la ausencia de espacios seguros y adultos disponibles para escuchar. 

Violencias cotidianas: del desprecio a la burla

El bullying hacia estudiantes con discapacidad intelectual rara vez se manifiesta en formas directas y visibles. Suele adoptar formatos más sutiles, aunque igualmente dañinos: la burla reiterada por su forma de hablar, la exclusión constante de actividades grupales, la infantilización persistente, el uso de apodos condescendientes, la omisión sistemática de sus ideas en clase. En muchos casos, se trata de una violencia que se banaliza o normaliza, incluso por parte del profesorado, lo que contribuye a su cronificación. 

Una revisión sistemática sobre acoso escolar en alumnado con necesidades educativas específicas en España subraya que los tipos más comunes son el rechazo social y la humillación verbal. Pero también destaca una forma de bullying particularmente dolorosa: cuando proviene de adultos, en especial de personal educativo. Aquí el daño es doble, porque se fractura la relación con quien debería ser garante de protección y confianza (Berchiatti et al., 2022). 

El impacto emocional: consecuencias prolongadas

Las heridas del bullying no terminan cuando acaba la jornada escolar. Diversos estudios han vinculado estas experiencias a síntomas de ansiedad, depresión, retraimiento social, somatización e incluso ideación suicida. Cuando el niño o niña tiene discapacidad intelectual, estos efectos se ven agravados por una menor capacidad de elaborar lo ocurrido, de verbalizar el daño o de anticipar consecuencias. 

En una muestra reciente de escolares españoles, se encontró que el bullying no solo afectaba de forma significativa a su bienestar emocional, sino que también se asociaba con una menor participación en actividades escolares, bajo rendimiento académico y mayor absentismo (Babarro et al., 2020). La espiral que se produce es especialmente difícil de revertir si el entorno educativo no está preparado para intervenir de forma precoz. 

Una exclusión que empieza antes del acoso

Uno de los factores más relevantes en la aparición del bullying es el grado de participación real de estos estudiantes en la vida escolar. Con frecuencia, su escolarización en centros ordinarios no va acompañada de una inclusión efectiva. Están físicamente presentes, pero simbólicamente ausentes. Se les aparta para recibir apoyos individuales, se les limita la autonomía, o simplemente se les considera “casos especiales” fuera del grupo-clase. 

Esta exclusión previa facilita la aparición del acoso, porque la diferencia deja de ser un valor y pasa a percibirse como una carga o una anomalía. Como apuntan investigaciones españolas, el modelo educativo necesita transitar del discurso de la integración al de la participación plena, reconociendo que la discapacidad no es un límite, sino una dimensión de la diversidad humana que debe estar representada en todas las esferas escolares (Carmona et al., 2025). 

El silencio de los adultos

Una de las barreras más repetidas por las víctimas de bullying con discapacidad intelectual es la falta de respuesta del mundo adulto. Ya sea por desconocimiento, incomodidad o falta de formación, muchos docentes minimizan las señales de alerta o adoptan una actitud pasiva, esperando que los conflictos “se resuelvan solos”. Lo cierto es que la inacción refuerza la percepción de desamparo en el alumnado y legitima, aunque sea de forma implícita, las dinámicas violentas. 

Es indispensable que el profesorado reciba formación específica en detección de acoso en alumnado con discapacidad, incluyendo señales no verbales, cambios conductuales y demandas indirectas de ayuda. También es fundamental que las familias se impliquen desde el inicio, no solo como apoyo emocional, sino como agentes activos en la construcción de una cultura de cuidado y respeto. 

Estrategias para la prevención

La prevención del bullying debe estar en el centro de los planes de convivencia escolar, y no como un anexo protocolario, sino como una apuesta transversal que atraviese la metodología, la evaluación, la organización de tiempos y espacios, y las relaciones entre todos los miembros de la comunidad educativa. En el caso de los niños con discapacidad intelectual, esta prevención requiere medidas adicionales: materiales accesibles, programas de educación emocional adaptados, figuras de acompañamiento, mediación entre iguales y un trabajo sostenido en la construcción del grupo. 

Experiencias en centros educativos españoles han demostrado que el trabajo cooperativo, la tutoría entre pares y los proyectos inclusivos de aula generan una disminución significativa del acoso y aumentan el sentido de pertenencia de todo el alumnado, especialmente de quienes históricamente han sido excluidos (Llauradó & López Estévez, 2024). 

Conclusión

El bullying hacia niños y niñas con discapacidad intelectual no es un problema puntual ni individual: es un síntoma de cómo concebimos la diferencia en nuestra sociedad. Afrontarlo requiere mucho más que sanciones: exige una transformación profunda de los entornos escolares, de las relaciones pedagógicas y de las formas en que definimos lo normal. La escuela tiene la responsabilidad —y también la oportunidad— de convertirse en un espacio donde todas las infancias se sientan vistas, protegidas y valoradas. Porque lo contrario no es neutralidad: es abandono. 

Bibliografía

Babarro, I., González, L., Rivas, A., Arranz, E., & Oliva, A. (2020). Risk and protective factors for bullying at 11 years of age in a Spanish birth cohort study. International Journal of Environmental Research and Public Health, 17(12), 4428. https://doi.org/10.3390/ijerph17124428  

Berchiatti, L., Simões, C., & Matos, M. G. (2022). Children as victims of bullying by teachers: Longitudinal antecedents and consequences. Child & Youth Care Forum, 51, 89–107. https://doi.org/10.1007/s10566-021-09640-2  

Carmona, M., López, M., & García, E. (2025). Bullying and social exclusion of students with special educational needs. Social Sciences, 14(7), 430. https://doi.org/10.3390/socsci14070430  

Llauradó, S., & López Estévez, M. (2024). Bullying and intellectual disability from the perspective of students. Journal of Intellectual Disabilities. https://doi.org/10.1177/17446295231154109